“Empezó mordiéndose un padrastro, y terminó con un cadáver en su refrigerador”.

Esto (o algo muy parecido) lo leí hace años en la red. Era la primera frase de un cuento fantástico que, claramente, trataba sobre un caníbal. He olvidado los detalles del cuento y también el nombre de su autor; sólo recuerdo que la historia no me pareció realmente muy buena excepto por su frase inicial que, para mi gusto, era espectacular: resultaba una historia completa, de pe a pa, resumida en tres palabras (bueno, en doce palabras o por ahí, pero la idea es esa) y además tenía cierta belleza, tal vez como resultado de su sencillez y brevedad. La frase se me quedó grabada y desde entonces la uso como recordatorio y ejemplo de que (disculpen la cursilería), en efecto, el universo puede caber en una nuez.

El escritor mexicano Alberto Chimal ha probado a escribir historias cortísimas y las ha publicado en un librito llamado 83 Novelas. Yo he leído sólo algunas de ellas, pero (con el perdón de Chimal… o sin su perdón, no importa) hasta ahora no le he leído una tan atractiva como la que cito aquí.

Una mañana como cualquiera otra, un hombre se dispone a irse al trabajo y cuando está por abordar su auto su vecino de al lado lo saluda. El vecino está en su propio jardín, tal vez a punto de abordar también su auto para ir a trabajar, así que ha hablado fuerte y claro y con una gran sonrisa dibujada en el rostro. Pero nuestro hombre, en vez de responder con la misma efusividad, sólo atina a mirarlo un poco atónito:

–¿Qué?, –dice nuestro hombre.

–¿Dinosaurio escritorio grande?, –dice el vecino, con más fuerza y más sonriente.

Esto ocurre en un viejo episodio de La Dimensión Desconocida, donde un hombre empieza a tener problemas de comunicación porque la gente a su alrededor comienza a hablar palabras sin sentido. Al principio cree que los demás se están volviendo locos, pero pronto descubre que no son los otros los que están mal sino él mismo, porque los demás sí se entienden entre ellos y sólo él parece haber quedado fuera del concierto de cosas. A la larga acepta este hecho y, resignado, decide re-aprender la lengua de su comunidad, y en la escena final del episodio se le ve en la habitación de su hijita leyendo uno de los libros infantiles de ella: abre el libro en una página que muestra la imagen de un perrito, y bajo ella se lee “Baúl” u otra cosa igual de inconexa. Una parte de la realidad se había torcido para siempre.