Antonio pateaba el balón hacia la pared de manera automática, sin hacerle mucho caso, preguntándose qué hora sería. Empezaba a desesperarse porque ninguno de los otros llegaba, y cada minuto que pasaba era un minuto menos de su tiempo de juego. Y ya empezaba a imaginarse a su mamá llamándolo a gritos por toda la colonia a las seis en punto. Ella sabía que siempre estaba metido ahí, en la bodega abandonada, pero en lugar de ir directamente a la bodega siempre empezaba a llamarlo a gritos ya desde la puerta de su casa. Parecía que lo hacía a propósito para avergonzarlo con todos los vecinos y con sus amigos, que ya hasta lo corrían cuando la oían a lo lejos; “Ahí viene tu mamá… ya vete Toño”, le decían, pues si la dejaban llegar hasta donde estaban todos también a ellos les tocaba regaño.

Pero ya venían ahí los demás, ya los oía entrar. Salió de la “oficina”, que era como él y sus amigos le llamaban al cuarto donde se encontraba, hacia la nave principal de la bodega, dispuesto a reclamarles la tardanza, pero se quedó inmóvil en la puerta. Los que iban entrando no eran sus amigos, sino un grupo de cuatro o cinco hombres que traían a otro cargándolo por las axilas, maniatado y muy golpeado. Antonio supo de inmediato qué ocurría, y de pronto se le ocurrió que tal vez su mamá tenía razón cuando le decía que no se metiera a jugar en ese lugar. Se volvió al interior de la oficina y se recargó en la pared, con el corazón acelerado y las piernas como de hule, y empezó a buscar con desesperación algo en el cuarto, cualquier cosa, un hoyo para meterse, o un escritorio (¿qué clase de maldita oficina no tenía un escritorio?)… Había estado ahí mil veces y sabía a la perfección que en la oficina no había nada más que un poco de basura y cascajo, pero aún así su mente de niño deseaba poder descubrir algo nuevo que hubiera pasado por alto antes… ¡La ventana! Claro, qué tonto.

El había salido por ahí muchas veces. Estaba aterrado, pero al ver la ventana de la oficina, que daba a un patio trasero que a su vez tenía salida a la calle de atrás, supo que no le iba a pasar nada; los hombres aquellos no alcanzarían a llegar antes de que él se hubiera escabullido por ella, y estaba seguro de que no podrían seguirlo porque si él apenas cabía por ahí, ellos no podrían meter ni la cabeza. Y ya se disponía a treparla cuando notó que los hombres se habían detenido; ya no parecía que vinieran hacia él. Se quedó quieto y se puso a escuchar con los ojos cerrados… sí, se habían detenido a medio camino y estaban hablando con voz normal, sin alarma ni urgencia… ¿sería que no lo habían visto? El hecho de saber que tenía una ruta de escape junto con el de saber que no habían notado su presencia, hicieron que el miedo cediera a su curiosidad infantil, así que sin siquiera pensarlo asomó un ojo por la entrada de la oficina para ver qué estaba pasando.

Antonio vio cómo llevaban al hombre al centro de la bodega vacía y, tras decirle algo, lo levantaban por los cabellos y lo degollaban. No hubo ruido; no hubo quejas ni gritos ni amenazas ni nada. Los asesinos se quedaron unos instantes donde estaban, rodeando a su víctima como esperando a que terminara de morirse, cuando un barullo en la entrada del lugar los alarmó y de inmediato echaron mano de las armas que llevaban entre las ropas. Con un terror todavía mayor al inicial, Antonio comprendió que sus amigos acababan de llegar y, sin darse cuenta realmente, salió de su escondite y se paró otra vez en la puerta para avisarles, gritarles que corrieran, hacer algo. Pero la conmoción pasó y tampoco en esta ocasión aparecieron sus amigos por la entrada de la bodega sino un hombre más, y este traía un perro espantoso, un bull terrier, sujeto con una cadena.

–¿Qué pasó? –le preguntó uno de los asesinos, notablemente aliviado de verlo pero todavía un poco nervioso.

–Eran unos escuincles que querían entrar. Los mandé a la chingada… ¡Les eché aquí al Panchito, jajaja! –respondió el recién llegado, que se veía realmente divertido con eso del perro y los niños.

Los asesinos no secundaron sus risas, sólo gruñeron un poco y entonces alguno dijo “¡Pues también vámonos nosotros, que aquí ya acabamos!” y todos se dirigieron a la entrada sin darle siquiera una mirada al muerto ni cuando alguno de ellos tuvo que pasar por encima de él. Y fue en ese justo instante, cuando Antonio ya se hacía a salvo por segunda vez, que el perro lo vio ahí parado en la puerta de la oficina, y empezó a ladrar como endemoniado y a arrastrar a jalones al que lo llevaba de la cadena en dirección del niño. Y entonces sí, patas para qué las quiero…

Anuncios