Cuando me dio por querer escribir me topé con que no sabía qué necesitaba para lograrlo. Tenía la idea de que los escritores eran personas especiales con un don innato que, de manera incomprensible para el resto de los mortales, podían materializar historias de la nada con poco o nulo esfuerzo, y que siendo yo parte de aquel resto de mortales, el oficio de escritor tal vez me estaba vedado. Pero a pesar de esto me puse a investigar sobre el “método del escritor” con la esperanza de un día encontrar una fórmula mágica, un consejo total o, ya de perdida, una pista afortunada que me iniciara en el oficio, y siempre me encontraba con lo mismo: los escritores o no sabían cómo lo hacían, o salían con la macana del “trabajo, trabajo, trabajo”, “diez por ciento inspiración y noventa por ciento transpiración”, etc., y a mí esto nunca me satisfizo, nunca me lo creí.

Y entonces, como nunca encontré la fórmula mágica, nunca me volví escritor. Pero, aun sin ser escritor, un buen día sí me puse a escribir, y no me gustó lo que hice pero lo analicé y encontré por qué no me gustaba, y la siguiente vez que lo intenté siguió sin gustarme pero ya menos, y así y así hasta que, por fin, una madrugada conseguí una historia más o menos decente. Y entonces comprendí aquello de “trabajo, trabajo, trabajo”. No me hago ilusiones respecto a mis habilidades (que además tengo olvidadas, no las cultivo), pero sí poseo ahora por lo menos una idea del proceso creativo, de lo que involucra hacer una invención, y puedo comparar lo que yo pienso con lo que piensa Juan Rulfo, por ejemplo.

Resulta que es muy parecido… y me doy cuenta de que esto suena a charlatenería, pero juro que no lo es. Para mí, la creación (literaria o plástica o musical o lo que sea) requiere de algunos ingredientes indispensables:

Primero, un dominio mínimo de los aspectos formales (ortografía, redacción, en el caso de la escritura), o lo que Rulfo llama la “forma literaria”. Esto es importante, aunque sea para no pasar vergüenzas. Y en mi opinión es importante también saber mecanografía (no es tan difícil realmente) para que en estos tiempos de teclado el proceso resulte ágil y fluido, o por lo menos para no tener el pretexto de “¡es que me tardo una hora escribiendo un párrafo!”

Segundo, un entendimiento mínimo de cómo funciona la vida. Sí, esto suena exagerado, pero como dice Rulfo, las historias siempre tratan del amor, la vida y la muerte, y eso es la vida, justamente. Las historias siempre tratan temas humanos, hasta cuando tratan de robots, y si no se ha vivido aunque sea un poco o, en todo caso, si no se tiene esa “intuición” de la que habla Rulfo para saber cómo funcionarían las cosas en situaciones que uno nunca ha experimentado, entonces no se tiene lo necesario para escribir algo ni un poquito interesante.

Tercero, y es aquí donde difiero de Rulfo, es la experiencia personal. Él trata de omitirse a sí mismo, yo digo que eso no se puede o en todo caso no es recomendable. Cada cosa que escribo, sea ficticia o no, tiene una forma que es resultado de lo que yo soy, de lo que he visto y lo que me ha ocurrido. No significa que cada cosa que escribo es autobiográfica o inspirada en cosas mías forzosamente, sino que la forma que le doy, conciente o inconcientemente, resulta de mi experiencia y mi manera de pensar.

Por último lo que para mí es más difícil: crear personajes y dotarlos de personalidad. Esto es vital para que la historia no termine siendo una colección de clones, y como digo, a mí se me dificulta muchísimo así que realmente de este punto no puedo opinar mucho, excepto quizá que es aquí donde viene en nuestra ayuda haber leído mucho, o visto mucho (cine, tele), para saber cómo han formado sus personajes otros autores.

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