El vidrio tiene un olor característico que se intensifica cuando llueve. De niño me gustaba pegar la cara a los vidrios de las ventanas cuando llovía, para sentir su dura frescura sobre el pómulo o la nariz o la frente, mientras disfrutaba del olor y del paisaje, que quedaba distorsionado por la cortina de agua sobre la ventana. Es algo que a todos los niños les gusta hacer, quizá porque a través de las ventanas mojadas lo que está en el exterior se reduce a manchas de colores de movimientos sinuosos, o quizá porque adentro está tibio y cómodo y afuera está frío y mojado y lo único que separa ambas realidades es esa delgada frontera de la ventana, y estar pegado ahí es como lanzar un reto al mundo: “mira, estoy en el límite y no me pasa nada”.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero cuando llueve ya no me acerco a las ventanas porque me avergüenza un poco. El olor me lleva al pasado y me siento como infantil… como invencible.

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