Esa noche habría eclipse de luna y nos habíamos preparado bien para contemplarlo desde el balcón, que tendríamos para nosotros dos solos porque, por suerte, los demás se habían ido a no sé dónde. Había cerveza, papas, cigarrillos y creo que pizza también y alguna otra cosa por el estilo, nada sofisticado; la alimentación responsable y la sofisticación todavía estaban años adelante. Mientras esperábamos al eclipse hablábamos de cosas que eran importantes para nosotros, de la escuela y nuestro círculo y nuestra vida en general, y yo había estado participando activamente en la conversación pero en algún momento dejé de hablar y de escucharla y me dediqué a contemplarla con algo como embobamiento, mientras mentalmente trataba de hacer un recuento de sus virtudes y sus defectos, que recuerdo que no fueron muchos ni de unas ni de otros no porque no tuviera sino porque yo no tenía muy buena capacidad para identificarlos; lo único que tenía bien claro era que me gustaba endemoniadamente y que cuando estaba con ella todo era mejor: mi ánimo, mi humor, mi agudeza (que sin ella era inexistente), los días y las noches, el clima, la ciudad, la vida en su totalidad.

Teníamos el balcón a oscuras pero nos llegaba un poco de luz de los edificios cercanos y también la de la luna llena, que empezaba a asomar por encima del cerro de enfrente; ella gesticulaba mucho al hablar y no dejaba de moverse, y la escasa luz la delineaba como con relampagueos debido a sus aspavientos. Yo deseaba que se quedara quieta un instante para tomarle una fotografía mental, pero no me atrevía a interrumpirla porque me daba cuenta de que ella estaba disfrutando con su soliloquio, así que tuve que conformarme con hacerme en la mente un dibujo entrecortado de su silueta. Pero no lo lamenté mucho porque a fin de cuentas ella era así, parlanchina y vivaz y en eterno movimiento.

El eclipse pasó y no lo vimos, o lo vimos por instantes. Un poco ebrios nos habíamos olvidado de que estábamos en el balcón y sólo nos dedicamos a nosotros hasta que el frío de la noche nos ahuyentó hacia el interior del departamento.

Ahora ella es sólo una señal en el camino que he recorrido, pero todavía a veces recuerdo la noche del eclipse, sin nostalgia ni anhelo ni nada de eso, simplemente recuerdo y reconozco que fue la primera vez que de manera consciente sentí amor por alguien. Y sonrío todo el día.

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