Hace unas semanas tuve un encuentro extraño. Estaba por salir del metro y al acercarme a la escalera que lleva hacia arriba a la salida de la estación, un hombre que estaba sentado en los primeros escalones empezó a llamarme con las manos, al tiempo que me decía “¡oye, ven!” Yo pensé que iba a pedirme dinero y sin hacerle caso continué mi camino hacia la escalera, pero entonces alcancé a oír que decía “¡ayúdame a subir!”, y esto me hizo detener porque, en general, trato de ayudar si puedo.

Me acerqué y vi que el hombre ya tenía a otro “voluntario” con él, un muchacho de tal vez unos 17 años que tenía una cara de “no sé cómo chingados me dejé atrapar por este güey” que me hizo sonreír. El hombre, que resultó tener paralizadas las piernas, en cuanto vio que me acerqué empezó a dar instrucciones sobre cómo cargarlo, tal vez pensando “mejor nos apuramos antes de que estos se me echen para atrás”, pero no sé si por su prisa o si porque de suyo ya hablaba mal o por las dos cosas, lo que decía le salía atropellado y sin sentido. Conozco (al igual que todo el mundo que haya visto un poco de cine, estoy seguro) una maniobra para cargar gente que consiste en que dos personas hagan un “columpio” con los brazos para que ahí se siente la que no puede caminar, pero aunque es muy sencilla de hacer y de explicar, me sentí contagiado de la urgencia del susodicho al ver la cara del otro “voluntario”, que a todas luces estaba arrepentidísimo de haberse detenido y daba muestras de que a la primera oportunidad se iba a pelar. Entonces yo también pensé que mejor nos apurábamos antes de que el güey se largara y me dejara a mí solo cargar con el muertito. Digo, con el paquete. Quiero decir, con el hombre aquel.

Todo esto que les he contado había pasado en menos de 30 segundos, pero el hecho de estar al pie de la escalera estorbando el paso de la gente que bajaba (estábamos del lado de la gente que baja, junto al barandal de en medio que divide a los que bajan de los que suben) junto con las miradas de curiosidad morbosa que yo sabía que todo el mundo nos estaba dando, contribuía a la sensación de urgencia y hacía que el tiempo pareciera estar pasando más lentamente. Pero esta lentitud no era nada, la cosa se iba a poner realmente relativista después.

El chavo aquel ya se había acomodado cerca de los pies del hombre y tenía pinta de que no se iba a mover de ahí, o de que si me ponía a explicarle la maniobra de carga iba a hacer jetas y probablemente se iba a ir, así que sin pensarlo más yo me puse a las espaldas del hombre y lo agarré por los sobacos lo mejor que pude mientras el otro lo cargaba de los pies. Pero el hombre traía un largo palo que yo no había notado (su cayado, supongo) porque había estado tirado pegado al rincón entre dos peldaños, y al empezar a cargarlo se estiró por el palo y se me desacomodó un poco (y casi me da un palazo cuando lo levantó, porque era muy largo), así que esto ya me hizo las cosas un poco más incómodas. Luego empezamos a subir, pero como yo estaba de espaldas a la subida, tuve que ponerme un poco de lado para poder ver la escalera y terminé subiendo con sólo una pierna, y el hombre se me desacomodó más todavía. Y pesaba el desgraciado. Se veía flaco y desnutrido y calculo que pesaba unos 55 kg., pero aunque esto realmente no es mucho y entre dos es menos, si lo vas cargando mal y fuera de balance es como si fueran 80. De manera que llevábamos avanzados como 10 peldaños y yo ya pedía esquina, y el tiempo casi se detuvo para mí. Entre el peso del fulano, la sensación de ser el centro de atención de todo el mundo, la presión de que no se me fuera a zafar el tipo (y ay, caray, vaya que sentía que se me escurría de las manos) porque además de ponerse un supermadrazo se llevaba al otro de corbata, y el otro que se fue quejando toda la subida (“¡Uf! ¡Cabrón, hay que bajarle a las tortas, no manches!”), yo iba pensando con ironía que si me lo hubiera echado al hombro y lo hubiera subido yo solo, no me habría costado tanto trabajo. Llegamos al descanso de la escalera y por un instante sentí algarabía, pero la distancia del descanso la cubrimos como en dos segundos y ya estaban ahí de nuevo los peldaños. En el descanso sopesé qué tanto me convenía pedir que paráramos un momento para reacomodarme al tipo y para darle una oportunidad a mi pierna izquierda, que era la que había hecho todo el trabajo, pero volvieron a mi mente la renuencia del otro cargador, el estorbo que estábamos haciendo ya que íbamos a contraflujo, la torpeza de toda la escena, y en fin, cuando me di cuenta el descanso ya había terminado y ya estábamos al pie de la segunda tanda de peldaños, así que decidí que mientras más pronto termináramos con todo eso mejor, y seguimos subiendo.

Llegamos hasta arriba como mil años después, y entonces me dijo el hombre “te costó trabajo porque me agarrastes mal…”, y yo le respondí mentalmente “¡no me digas!”, y reconozco que si no lo solté cual fardo fue no más porque el otro cargador se me adelantó y le soltó los pies primero, y hacerlo yo también hubiera sido el colmo del desamor al prójimo. El hombre nos dio un “gracias…” que por todos lados sonó a que en su mente lo completó con “… culeros”, supongo que por la manera no tan amigable en que lo depositamos en el suelo, y él y su palo se fueron arrastrándose hacia los torniquetes de salida.

Una vez fuera de la estación me di cuenta de que yo había quedado no solo sin resuello y con una pierna a punto de acalambrárseme, sino también todo sucio, lleno de tierra y polvo. Tardé un instante en comprender que el hombre que cargué me había ensuciado y entonces sentí enojo, pero casi de inmediato comprendí algo más todavía: ese hombre estaba hecho un asco, sí, pero porque su condición lo obligaba a vivir en el suelo, y para él subir un piso y medio era tan difícil como tal vez lo sería para mí subir diez, así que él tenía derecho a pedir ayuda y a recibirla, y yo, como cualquier otra persona que se diga persona, tengo la obligación no solo de ayudar a quien me lo pida si puedo, sino de hacerlo honestamente, sin quejas mezquinas. Y entonces sentí vergüenza de mí mismo.

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