Una mañana como cualquiera otra, un hombre se dispone a irse al trabajo y cuando está por abordar su auto su vecino de al lado lo saluda. El vecino está en su propio jardín, tal vez a punto de abordar también su auto para ir a trabajar, así que ha hablado fuerte y claro y con una gran sonrisa dibujada en el rostro. Pero nuestro hombre, en vez de responder con la misma efusividad, sólo atina a mirarlo un poco atónito:

–¿Qué?, –dice nuestro hombre.

–¿Dinosaurio escritorio grande?, –dice el vecino, con más fuerza y más sonriente.

Esto ocurre en un viejo episodio de La Dimensión Desconocida, donde un hombre empieza a tener problemas de comunicación porque la gente a su alrededor comienza a hablar palabras sin sentido. Al principio cree que los demás se están volviendo locos, pero pronto descubre que no son los otros los que están mal sino él mismo, porque los demás sí se entienden entre ellos y sólo él parece haber quedado fuera del concierto de cosas. A la larga acepta este hecho y, resignado, decide re-aprender la lengua de su comunidad, y en la escena final del episodio se le ve en la habitación de su hijita leyendo uno de los libros infantiles de ella: abre el libro en una página que muestra la imagen de un perrito, y bajo ella se lee “Baúl” u otra cosa igual de inconexa. Una parte de la realidad se había torcido para siempre.

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